Tengo un placer secreto que debo confesar.
Bueno, en realidad, son dos:
- Dejarme el móvil en casa.
- Quedarme sin batería.
No puedo negar que estoy muy apegada al dichoso aparatito y, apenas sin darme cuenta, descubro a menudo que se me han ido los minutos deslizando el dedo de arriba a abajo, escrutando wallapop en busca de cosas que no necesito, leyendo noticias que no me interesan o viendo en bucle fotos del pasado. Esto, en el mejor de los casos.
Sin embargo, es rara la semana que no incurro en alguno mis dos placeres secretos y tengo que reconocer que, además, lo hago sin querer. Esto último es, precisamente, lo que más me gusta. Saber que no estoy tan apegada como podría. Que, en realidad, el aparatito no me importa lo suficiente como para estar pendiente en todo momento de su ubicación o su batería. Es reconfortante saber que tengo otras prioridades. Me devuelve la fe en que todavía hay una oportunidad para mí de vida comtemplativa. Mi despiste -mi inatención- es, en realidad, una oportunidad de atención. Esa que denuncia Byung Chul-Han, en su diálogo con Weil, que tanta falta nos hace y que no consiste en otra cosa más que en vaciarnos de nosotros mismos para dar espacio al otro. Si "el smartphone es una máquina digital de adicción" que impide toda posibilidad de verdadera atención, todavía hay esperanza para mí.
Mis placeres ocultos, quién sabe por qué, no suelen ser del gusto de mi familia, que se queja amargamente de lo dificilmente localizable que soy a veces. A mí misma me han jugado malas pasadas: coche sin batería al salir de una cena a las 3 de la mañana estando sola. El mal rato no te lo quita nadie, pero el ingenio y las habilidades sociales se agudizan, de eso no cabe duda.
A lo mejor ahora que he revelado mi secreta fuente de gozo se entiende un poco más ese despiste que me hace un poco más libre y, vale, también un poco insoportable. Pero, sobre todo, un poco más atenta. Esto es una gran cosa, al menos para Weil, para quien "la atención es la forma más rara y más pura de generosidad".

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