Ya conocía la Vista de Delft de Vermeer. No sé si la estudié en su día o si la había visto publicada en algún libro del pintor holandés. La conocía y probablemente la apreciara, ¿a quién no le conmueve Vermeer? Supongo, por tanto, que debería haber estado preparada para verla en directo. O no.
Paseando por la excepcional muestra de las colecciones del Mauritshuis que acoge estos días el Thyssen, entro en la sala donde se halla la obra en cuestión. Antes de acercarme, leo con interés las apreciaciones de Proust sobre la pieza que están impresas en las paredes y pienso, "será una maravilla, pero exagera, seguro".
Me giro y trato de esquivar a las personas que la miran con atención; son muchas, yo pequeña. Me cuelo por un agujero situándome en un lateral. No hace falta ni un minuto para que se me salten las lágrimas. Sí, yo soy muy así, de llorar profundamente cuando algo me conmueve. Y lo peor es que nunca sé cuándo me va a pasar.
Me quedo un rato largo contemplando y disfrutando de mi conmoción fortuita. A estas alturas de la vida, ya no me importa mucho que me pasen estas cosas, tampoco que la circunstancia provoque caras como la de la guía de sala, que me mira con esa expresión inefable propia de quien no se espera algo y trata de ocultar su extrañeza. La veo por el rabillo del ojo y me venzo para que la vergüenza no me robe ni un ápice del placentero dolor estético en que estoy sumida.
Siguiendo el paseo por el museo, trato de entender por qué esa obra sí y todas las otras, no. Como ya habrá deducido el lector, esto me pasa de cuando en cuando. Así que analizo una a una las piezas y situaciones ante las que me he visto en iguales circunstancias, en busca de un patrón. Es un intento más de los muchos que hago por controlar lo que me sucede. Por controlarlo todo en general.
Hay obras bellísimas, expresivas, desoladoras. Obras que iluminan nuestra vida en algún aspecto, que nos enseñan lo desconocido, que nos devuelven a la infancia, que nos empujan hacia la trascendencia. Hay obras que son una basura.
Luego están las que son como la Vista de Delft. Las que te situán en el momento y el lugar perfectos. La atmósfera, el espacio y la luz son de tal belleza que uno desearía parar el tiempo y permanecer para siempre en la visión. Pero la vida sigue, señores, y eso duele. De ahí lo del "placentero dolor estético". De ahí la audaz definición de la belleza como "un dardo que hiere" de la que hablaba Benedicto XVI.
Situarse delante de la Vista es un auténtico Kairós. Un momento de gracia en el que la aspiración por lo eterno es tan real y experimentable que casi supone una prueba de que esa eternidad es cierta.
Id, vedla y, si os atrevéis, llorad.
Ni las publicaciones en internet, ni las reproducciones en papel, ni los elogios de Proust le hacen justicia.


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